("Mi pecado fue nacer" San Miguel de Allende, Guanajuato 1950)
Siempre me han maravillado los instantes, las pequeñas condensaciones momentáneas de la vida, los segundos que pueden hacer que todo tenga sentido, o que absolutamente todo se trastoque, el concepto en si mismo del tiempo, las unidades de medida.
La fugacidad de un hecho y su capacidad de repercusión. La demoledora fuerza de lo insignificantemente pequeño.
Las palabras, las miradas, los silencios, y principalmente las imágenes, me gusta contemplarlas con la ingenuidad de los que cuentan sus años con los dedos de las manos. Mirar las fotografías, viejas, nuevas, artísticas o absurdas, ahí están ellas, sin hablar y contando tantas cosas. Guardando detrás de ellas historias y secretos.
Las cámaras y sus objetivos, el miedo irracional a que nuestra imagen sea captada [¿vergüenza?] ¿O tal vez resquicios del miedo a ser inmortales?
Captadas en segundos permanecen en el tiempo, sobreviviendo a sus protagonistas, contando algo de ellos, de un momento en su finita vida, cruces de mirada, caras tristes o felices, indiferencia o sorpresa.
Ahí se quedan para enterrarnos a todos.
Seremos recordados a través de ellas, y tal vez en unas décadas, alguien las desempolve y se sorprenda al verse allí reflejado, al encontrar sus rasgos encerrados en un papel.
No obstante, si existe algo que me fascine más que la fotografía, es la historia que la precede, y cuando tienes el placer de hablar con aquel que la tomó aquellos minutos de conversación son pedazos de su historia, de su vida, regalados, en estos tiempos en los que ya nadie regala nada.
Todo y que disfruto con las historias que me cuentan personajes anónimos sobre sus retales, hace unas semanas tuve el placer de platicar con nada menos que el maestro Segarra, dado que no soy persona de dar cartas de presentación argumentando sus condecoraciones y todos esos papeles en los que los expertos otorgan reconocimiento, dando permiso para la exquisitez, dejaré una de sus fotografías, las cuales, hablan por si solas.
Allí lo encontramos, en el mercado de San Ángel en Ciudad de México, con casi un siglo de historia a sus espaldas, sentado en su pequeña silla y fumando un habano.
“-Saben, -nos dijo- esa foto se la tomé a Diego Ribera, como a dos cuadras de aquí, en la casa azul, la casa que compartía con Frida.”
“Y esta otra- señalando la que podéis ver más arriba- la tomé desde mi coche, la fui viendo llegar suspirando, cansada de la vida y desplomándose en aquel banco, me encontré la foto allí delante de mí, mientras conducía.”
El pecado es nacer.
