The wall
Cruzar la frontera es algo más que caminar entre dos límites humanamente construidos, es, como ya señaló Kapuściński, saltar el límite, comprender el otro lado, y admitir que la realidad social se compone de tantas perspectivas como ojos habitan el universo. Pasar una de las fronteras que dividen el norte del sur, caminado, es como recorrer una larga distancia mental en solo 5 minutos físicos.
San Isidro, última parada del tranvía, y última parada de los EE.UU. al otro lado, Tijuana, México, pura dinamita.
Cruzar al otro lado caminando es una experiencia muy distinta a hacerlo con un medio de transporte, estos te separan de la realidad en una esfera propia que muchas veces reproduce las condiciones ambientales de tu lugar de origen, principalmente si se trata de un avión.
Primera parada, los perros policías constatan que no llevamos ninguna sustancia sospechosa encima.
Segunda parada, pasar las puertas de hierro que simbolizan la barrera humanamente construida.
No más de un rato caminando nos hace llegar a México, coger unos taxis y dirigirnos a cenar algo a un lugar en el que hogareñamente nos atienden, echaba en falta esa hospitalidad latina que en EEUU unidos es sustituida por la rapidez en la que te atienden, te traen la cuenta antes de ni siquiera haber terminado de comer, presión psicológica al máximo para sentar a la próxima persona y así aumentar los beneficios, señorito Don Dinero.
Tuve la gran suerte de ir con muy buena gente, entre la que se encontraban dos chicos Mexicanos que sabían muy bien donde debíamos de ir y que no teníamos ni que pisar.
Tijuana es impactante desde el primer paso, se trata de una ciudad llena de luces de neón, gritos, prostitutas, americanos y americanas en busca de diversión, rock’n’roll, puestos de tacos, policía y ambulancias, paradas con cuadros de Frida Khalo y máscaras de luchadores Mexicanos, peleas y risas, creo que es la pura representación y condensación de la vida.
Nos paramos en nuestro nocturno deambular, en tres garitos cada cual mejor que el anterior, la mezcalería, parada obligatoria si piensas que el mezcal es algo más que una bebida, mezcales de unos 25 tipos a 30 pesos.
El siguiente no recuerdo el nombre, pero se trataba de un auténtico antro, y para aquellos que me conocen saben lo feliz que puedo ser en ese tipo de sitios, un subterráneo con mucho rock’n’roll y mota. La primera canción que me recibe, una de los Cure, rozando el misticismo. Nos dirigimos a la barra a por unas ballenas, lo que viene a ser unas litronas, aquel lugar tenía dentro lo mejor de cada casa, no obstante, vibraba bastante bien.
Última parada “El Dandy del Sur” con cartel de luces de neón incluidas, y cartel en el que expresamente se advertía “Se debe consumir sin excepción, atentamente el Dandy del Sur” aquel lugar no tenía desperdicio alguno, padrísimo, con gramola incluida, por un 1$ tres canciones, en el que podías encontrar desde Pimpinela hasta Pink Floid, éste último también lo escuché mientras andábamos por una de las avenidas principales, un grupo con música en directo tocaba uno de los temas del Muro, impactante escuchar ese tema en el lugar donde más sentido tiene, creo que será una de las imágenes que guardaré en mi mente el día en que ésta empiece a flojear.
Impactante y bizarramente atrayente, sin duda es lo que define ésta ciudad, rodeada por una de sus partes con un gran muro que la separa del sueño americano. Imprescindible si llega un momento en el que empiezas a no soportar la destilada vida americana, con sus cafés con agua, sus birras con más agua y sus miedos y frustraciones.
Un dato importante con lo que terminaré esta entrada es la pregunta que le hizo a un nuevo amigo Mexicano su vecina de Pacific Beach, San Diego, lugar en el que él vive, “Eres de México, ¿Y eso donde para?, tierra demasiado auténtica para encontrarse ni siquiera en la mente de muchos norteamericanos.
Estoy recorriendo contigo tus pasos, de la mano de Kerouac, de la mano de Bolaño, de la mano de mi imaginación (sabes que tan bizarra como mereces), de tu mano. Abre bien los ojos, parpadea lo mínimo y dejate guiar. Ve dónde te vibre y deja un poco de tu magia allí. Gracias por, de alguna manera, hacer que este en tu viaje. Abrazo, apoteósico!
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